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Juan salió del edificio de oficinas donde trabajaba, hacia el ómnibus que
lo llevaría a su casa. Era una tarde de primavera, un poco nublada pero
agradable; en realidad, no tenía nada de particular, nada que la diferenciara
demasiado de otras tardes de regreso del trabajo.
Su vida era tan repetitiva que Juan a veces se preguntaba si todos esos viajes
en colectivo no eran sino un sólo viaje que se repetía hasta el vértigo.
Pensó si en realidad no habría vivido ya toda su vida, y lo que restaba era
sólo un revivir y volver a revivir ciertos tramos bastante aburridos. Pensó en
su vida como una ola que golpeaba la orilla hasta el infinito; pensó en los
planetas girando una y otra vez alrededor del Sol, y éste a su vez alrededor de
la galaxia.
Subió al colectivo y se sentó. Eso era bueno; no siempre conseguía lugar. Se
arrellanó todo lo que pudo en el asiento de dos, y dejó escapar un bostezo.
Estaba muy cansado, y como solía ocurrirle, fue descendiendo lentamente por los
declives del sueño. Soñó con árboles y con valles y con aves y con su mujer.
Cada tanto percibía vagamente que alguien se sentaba a su lado, o que se
levantaba; en algún momento sintió, con la torpeza que tienen las percepciones
en el sueño, que el coche estaba repleto. Oyó timbres y bocinas y gente
impaciente y gente protestando porque no se abría la puerta. Oyó también
gente que bajaba y gente que subía. Todos esos ruidos eran incorporados a sus
sueños; lo cual es paradójico en cierto modo, ya que la vida misma de Juan no
era otra cosa que un sueño, no más real que sus representaciones oníricas.
Tiempo más tarde sintió que el colectivo no se movía y abrió los ojos de
golpe, con la preocupante sensación de haber pasado de largo.
El colectivo estaba vacío.
Se restregó los ojos. ¿Cómo era posible? Todas las puertas estaban abiertas;
no había rastros del conductor. Miró hacia afuera; la ciudad, silenciosa y
desierta, le devolvió la mirada. Era ya de noche. Levantándose, caminó hasta
la puerta trasera (jamás bajaba por adelante) y descendió a la calle
empedrada.
Eligió una dirección y se puso a caminar. Miró los carteles de las calles; no
las conocía. Se preguntó si estaría aún en Buenos Aires. Faroles de gas
iluminaban tenuemente las esquinas.
Al darse vuelta descubrió que el colectivo había desaparecido.
A lo lejos se escuchó el gemido de un bandoneón.
Noviembre de 1992
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