No conozco la cifra exacta que los abarca. Se los cuenta por millones.
Han venido a juzgarme.
Nunca los conocí, y sin embargo me son familiares. Hombres y mujeres (¿tienen
sexo los fantasmas?), todos se parecen a mí en algo.
Algunos habrían sido morochos, otros rubios, algunos podrían haber llegado a
ser médicos, como mi padre; otros (otras), arquitectos, ingenieros, escritores,
abogados, o también holgazanes, ladrones, santos.
No fueron porque yo fui.
De pronto advierto que no hay suelo firme bajo mis pies; tampoco tengo pies, ni
cuerpo. Debo haber muerto. Como señalara Descartes, existo, ya que tengo
consciencia; y me queda mi memoria, mi querida memoria.
En el momento de mi concepción, un espermatozoide fecundó a un óvulo,
comenzando así mi existencia. Vivir se debe a la casualidad más remota; de
haber llegado antes otro espermatozoide, habría resultado otra persona
distinta, y en ese azaroso momento resultó elegido un ser entre varios
millones. Resulté elegido yo. Y por ello, perdió su oportunidad cada
integrante de la muchedumbre que tengo enfrente mío.
Durante mi vida no los ignoré. De alguna manera intuía que era responsable
ante una multitud de cada acto que me era dado realizar, y a que por haber sido
elegido entre millones, cada uno de esos actos era precioso y hasta sagrado.
Y ahora, en la antesala del Juicio, no siento temor. Ya sé que el alma puede
prescindir del cuerpo; pronto sabré cuál es mi destino, quién soy yo
verdaderamente. Sabré, en fin, si detrás de todo esto está Dios. Al fin
conoceré la Verdad, aunque con ella venga el eterno tormento. Me llena un
regocijo inexplicable.
Siento el sonido como de una trompeta.
El Juicio está por comenzar.
Buenos Aires, Noviembre de 1992