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Sonó el despertador.
Me levanté y comencé a vestirme como todos los días. En el baño, el espejo
me devolvió la mirada de sueño habitual.
Fue entonces cuando me di cuenta de que no entraba luz de afuera.
Abrí la persiana. Afuera, la oscuridad era total. Me apresuré a mirar mi
reloj. Ya eran pasadas las ocho y media: el Sol debía haber salido hacía media
hora. Supe que estaba atestiguando un hecho imposible.
En eso estaba cuando se cortó la luz. Manoteando en la oscuridad logré
encontrar la linterna. Prendí la radio; no pude sintonizar nada. Era como si la
transmisión radial no hubiese existido nunca.
Abrí la ventana y al volví a cerrar de inmediato. Afuera el frío era
insoportable. De a poco, mi habitación también se estaba enfriando.
El Sol nunca volvió a salir.
Cerca del mediodía comenzó a nevar. Una blanca capa sepultó la ciudad de
Buenos Aires y al resto del mundo. Apenas tres días después comenzó a
condensarse el oxígeno de la atmósfera, formando charcos sobre el suelo helado
del planeta.
Febrero de 1994
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