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Adiós

Salió de su cuarto hacia el comedor. Sus padres y hermanos estaban allí; una vez más, la mente de Dios proveyó las imágenes, los ruidos, las sensaciones familiares. Estaban todos presentes. Les explicó que esa noche no iba a comer en casa, que iba a salir con sus amigos y que iba a volver tarde. Los saludó como siempre, desde lejos, soportando una vez más esas odiosas recomendaciones de que se cuidara.
Cruzó el living. Curiosamente, sobre una de las sillas vio dormido a un ángel. Tenía las alas plegadas y la expresión serena. Sus cabellos eran rubios y enrulados. La piel nívea quería ser mármol, y acaso lo conseguía; respiraba pesadamente.
Nunca antes había visto un ángel; se preguntó si no sería ése el momento de sacarse unas cuántas dudas sobre el fin de su existencia, pero no se animó a interrumpir su sueño. A él no le gustaba que lo despertaran, y trataba de respetar a los demás en las cosas en las que él deseaba ser respetado. Siguió su camino; durante el resto de su vida buscó más ángeles, pero no tuvo otros encuentros.
Antes de salir, miró fijo a la puerta, sabiendo que la iba a franquear por última vez. Tuvo una visión fugaz de la vida que dejaba atrás. Ahora que la decisión estaba tomada, ya nada importaba. Sus movimientos parecían hechos por otra persona, o por él mismo en otro tiempo, como si estuviese recordando. Abrió la puerta.
No vio nada.
La oscuridad era total, y no se veía el cielo, ni la ciudad, ni siquiera el pavimento, como si la casa estuviese flotando en el medio de la nada. Solamente se escuchaba el viento.
Dio un paso hacia afuera. Tocó suelo firme. Evidentemente algo había debajo de sus pies, pero no podía ver qué; se agachó para tocar el suelo. Era perfectamente liso. Era como estar parado sobre un cristal incapaz de reflejar la luz, y como si debajo del cristal no hubiese otra cosas que un espacio vacío en infinito.
Se incorporó y cerró la puerta. Ahora la oscuridad era total. Por el rabillo del ojo adivinaba las luces de la casa pasando a través de las persianas. Pero de nada servía. Aparentemente no había nada que iluminar. Por un instante titubeó. Pero fue sólo un instante; la decisión ya había sido tomada.
Con pasos inseguros al principio, pero cada vez más firmes, se alejó de su casa, rumbo a la Nada.

Noviembre de 1992

 

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